Well, that’s enough internet for me today.
2012 was a different time
A simpler time
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James Bidgood: Bobby Kendall Seated in Chair Holding Phone (still from Pink Narcissus), early 1960s
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Vanderperre does Caravaggio - Mariacarla Boscono by Willy Vanderperre - Prada Fall 2017
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Cuando la monotonía abarca mi vida mi propio cerebro me traslada a otro lugar, sin la necesidad de moverme puedo vivir a través de otro y ver escenas de una vida que no es la mia. Semejante a una película puedo entretenerme con las historias que va entrelazando mi cerebro en ‘reposo’, aunque muchas veces, este se destina hacerme ver cosas que jamás hubiese elegido en un videoclub. Creo que la cosa más sorprendente de los sueños es la narrativa que poseen para poder hacerme despertar inquieto, sin saber el por qué de las secuencias que aún despierto me hacen sentir más perdido de lo que realmente me sentía en el mismo sueño.
Sin muchas descripciones específicas escribiré lo que sucedió al acostarme sobre el colchón, y cerrar los ojos.
Un niño, un niño de no más de 11 años tiene que ir a clases, adjunta todos los elementos para asistir al colegio, y en el recorrido piensa detenidamente qué decir al momento de llegar. Se sienta en su banco y con ansias muerde la punta del lapiz color rojo esperando a que esa persona que eligió como blanco pase por la puerta, desde su penúltimo asiento del lado izquierdo del salón puede observar muy bien la entrada, e intrigado del por qué se tarda tanto comienza a rascarse enfurecidamente el cuello, de pronto, su blanco entra, y el niño satisfecho, sonríe.
Una maestra de escuela pública, con un sueldo mediocre está dotada del padecimiento de no poder caminar, atada a su silla de ruedas trata de mirar a las personas a los ojos ya que no le gusta sentirse inferior. Es que acaso, ¿no fueron ya demasiado los sufrimientos que tuvo que pasar como para seguir sintiéndose miserable el resto de su vida? Se dirige a su clase con una templanza de titán y al intentar pronunciar las palabras Buenos Días, una risa maldita se escucha del fondo del salón, la maestra finge no escuchar, y procede con la clase. El aula no la escucha, y ella lo sabe, dentro suyo sabe que no es por su condición, sino por la de ellos, estos chicos a esa edad lo único que piensan es en sí mismos, no se dan cuenta que deben tener respeto a sus mayores, y mucho más a los que quieren dotarlos de algún conocimiento. Sin embargo, de todas las miradas que parecen ser iguales hay una que la incomoda, es ese chico sentado en el penúltimo asiento del lado izquierdo del salón, el mismo que no la dejó saludar interrumpiéndola con su risa maldita, el mismo que ahora la mira de arriba a bajo haciéndola sentir miserable.
Muy pocas de las escuelas públicas están dotadas de los requerimientos necesarios para que una maestra paralítica dicte una clase adecuadamente, unas de las problemáticas básicas y fundamentales, se establece en la altura del pizarrón, la maestra sabe que tendrá suerte si llega a la mitad de este, por lo que se dispone detenidamente a pensar planes estratégicos para no pasar verguenza y para no ser víctima de la risa maldita del chico, y por lo tanto se limita a dictar las clases, haciendolas aún más aburridas y cansadoras para el resto de los alumnos que poco le llevan el apunte. Sin embargo el chico no desiste y elige cualquier pretexto con tal de ponerla en evidencia como una mediocre y paralítica maestra, incluso haciendola sentir como una mujer incompleta que jamás podrá concebir algún tipo de amor verdadero que no esté salpicado al menos un poco en los charcos de la lástima.
Satisfecho el chico regresa a su hogar deteniendose antes a mirar como baja el sol. Observa detenidamente el atardecer, y como el cielo se va tiñendo de un tono naranja hacia uno más rojizo parecido al color de ese lapiz que ansioso mutila cada mediodía con su boca al esperar que entre su presa. Sonríe, piensa en lo dichoso que es el estar vivo para hacerla sufrir, se reconforta en cada tambaleo de voz que tiene su maestra al intentar dirigirse hacia el con autoridad, sabe que ya la corrompió y que ella encima de paralítica y mediocre, no es más que su nuevo muñeco al que puede acercar sin lástima al fuego para ver como lentamente se va derritiendo y desapareciendo.
Al pasar las semanas, el chico se asombra de un detalle que no habia percibido antes, al ser ya Octubre, una época que conlleva un calor abrasador, la maestra sigue usando esas camisas largas con puños cerrados y rotos de tanto rozar las ruedas de su silla para poder impulsarse, sin embargo, el chico sabe que la maestra esconde algo, y que debajo de sus puños rotos se haya su más intima debilidad.
Final Parte 1